22/04/2026 Miércoles 3º de Pascua (Jn 6, 35-40)
Cuando la Palabra de Dios toca fibras profundas del misterio de Dios, esa Palabra produce resonancias en muchos lugares de las Escrituras. Así sucede con lo que Jesús dice hoy: Yo soy el pan de la vida: el que acude a mí no pasará hambre, el que cree en mí no pasará nunca sed.
Encontramos resonancias de estas palabras, por ejemplo, en el Eclesiástico: Venid a mí los que me amáis, y saciaos de mis frutos; recordarme es más dulce que la miel, poseerme es mejor que los panales (Eclo 24, 19-20). También en Isaías: ¡Atención, sedientos!, acudid por agua, también los que no tenéis dinero: venid, comprad trigo, comed sin pagar, vino y leche de balde… Sellaré con vosotros alianza perpetua (Is 55, 1-3).
Sucede esto también con estas otras palabras: Ésta es la voluntad del que me envió, que no pierda a ninguno de los que me confió.
Encontramos resonancias, por ejemplo, en Ezequiel: ¿Acaso quiero yo la muerte del malvado y no que se convierta de su conducta y viva? (Ez 18, 23). Y en Pablo: Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad (1 Tim 2, 4). Y en el mismo Evangelio de Juan: Nadie puede arrebatar nada de la mano del Padre (Jn 10, 29). Por eso que sus ovejas, los hombres y mujeres de todo tiempo y lugar, nunca más estarán medrosas ni asustadas, ni faltará alguna (Jr 23, 4).
Llegada la plenitud de los tiempos, así será: Cuando todo tendrá a Cristo por cabeza, lo que está en los cielos y lo que está en la tierra (Ef 1, 10). Cuando Dios lo sea todo en todos (1 Cor 15, 28).